Las bandas de Haití no son invencibles y ya es hora de decirlo
Una columna de opinión argumenta que la narrativa del "pandillero imbatible" subestima la capacidad de una fuerza estatal moderna con drones, inteligencia y tecnología.

Las bandas de Haití no son fuerzas especiales, no tienen tecnología militar y, sobre todo, no son invencibles. Esa es la tesis central de una columna publicada este lunes 26 de octubre en El Testigo, que sale al paso de los análisis que dan por perdida cualquier misión militar antes de que empiece.
El texto apunta directo a quienes llama "estrategas de escritorio": los que sentencian que las pandillas dominan el terreno de forma absoluta, que conocen las rutas y que cuentan con complicidades suficientes para repeler cualquier intervención. La columna los desafía con una pregunta sencilla: ¿desde cuándo unos pandilleros son fuerzas especiales?
El combate moderno no es solo hombre contra hombre
El argumento central es que el conflicto armado del siglo XXI no se reduce a dos grupos intercambiándose disparos en una calle. Una fuerza estatal bien respaldada puede integrar drones, vigilancia aérea, inteligencia humana, inteligencia de señales y capacidades tecnológicas que las estructuras criminales difícilmente pueden igualar.
La columna va más allá y señala datos concretos: líderes como Lanmò San Jou y la estructura 400 Mawozo mantienen, según se ha reportado, un centro de operaciones en Dimiso, Thomazeau, con coordenadas geográficas específicas. El punto es directo: si se conoce dónde operan, suponer que son inalcanzables es ignorar cómo funciona la guerra moderna.
Riesgos sí, superioridad pandillera no
El texto no niega los riesgos. "¿Pueden sufrir bajas? Naturalmente. ¿Pueden enfrentar dificultades? Por supuesto", reconoce el autor. Pero traza una línea clara entre reconocer los peligros de una operación y elevar a unos pandilleros al rango de potencia militar superior.
Esa distinción importa. Porque la narrativa del "pandillero imbatible" no es neutral: tiene consecuencias políticas y estratégicas. Si la opinión pública asume que las bandas de Haití no pueden ser derrotadas, el resultado es la parálisis y la complicidad pasiva con el caos que existe al otro lado de la frontera.
El interés dominicano en que esto funcione
La columna termina con un llamado directo a los dominicanos: ser los primeros en desear el éxito de cualquier misión coordinada y ofrecer "toda colaboración legítima posible para acabar con este maldito desorden que tenemos al lado".
El argumento de fondo es que años de fracasos e inacción han normalizado la idea de que estas organizaciones criminales son permanentes e invencibles. Esa resignación, concluye el autor, es lo verdaderamente alarmante, no los riesgos de una operación militar que todavía no ha comenzado.



