El arroz gringo se empasta y no da el arroz graneado que usted busca
Germán Despradel, con 52 años al frente de Arroz Yuna, advierte que el dominicano prefiere el arroz graneado y que el importado necesita mezclarse con criollo para funcionar en la cocina.

Con más de medio siglo en la industria arrocera, Germán Despradel no pierde el sueño por la entrada del arroz estadounidense con arancel cero. El productor, al frente de Arroz Yuna en Angelina, provincia Sánchez Ramírez, dice que su arma más fuerte es el paladar dominicano: ese gusto inamovible por el arroz graneado que, según él, el producto norteamericano simplemente no puede dar.
"Mis amigos me comentan con asombro que me he tomado muy tranquilo la noticia de que los norteamericanos puedan entrar al país con tasa cero. Les digo que sí, porque, en realidad, he pasado 52 años de mi vida en un negocio que siempre ha tenido sus altas y sus bajas y en el que siempre ha habido un enemigo que quiere afectarnos", declaró Despradel.
El problema está en la olla
Para Despradel, la diferencia no es solo de precio: es de textura, de comportamiento dentro de la cocina. El consumidor dominicano exige granos sueltos después de la cocción, y ahí es donde el arroz importado falla.
"Al dominicano le gusta el arroz graneado. El arroz que viene de Estados Unidos es un arroz que se empasta. Usted lo cocina y se le vuelve una pasta, y por eso no gusta tanto", afirmó.
Esa cualidad graneada, explicó, se logra mediante el envejecimiento del grano: mantenerlo almacenado varios meses en silos antes de procesarlo. Mencionó la variedad 6920 como ejemplo, y señaló que cuando se muele poco después del secado puede quedar pastosa. Por esa razón, ciertos arroces deben permanecer entre cuatro y seis meses en los silos antes de estar listos. "Después que el arroz tiene cuatro o cinco meses, que comienza a cocinarse graneado, se hacen las pruebas para determinar si ya está en condiciones de molerse", precisó.
La mezcla como solución y como señal
La experiencia de décadas en el negocio llevó a Despradel a una conclusión práctica: para que el arroz norteamericano funcione en el mercado dominicano, hay que mezclarlo. Según explicó, la proporción necesaria de arroz criollo para lograr una cocción aceptable oscila entre 20% y 40% del total.
Para él, eso no es un dato menor: es la prueba de que el paladar local tiene preferencias concretas que ninguna importación puede ignorar. También cuestionó el valor nutricional del arroz estadounidense y señaló que, según su experiencia, algunas personas sienten hambre poco tiempo después de consumirlo, lo que atribuyó a la extracción de componentes grasos durante el procesamiento industrial.
El precedente que sí preocupa
Despradel no descarta la amenaza. Con calma, pero con claridad, advirtió que otros países ya vivieron las consecuencias de abrir sus mercados al arroz subsidiado de Estados Unidos. Mencionó los casos de Colombia, Ecuador, Perú, Costa Rica y Haití, donde el producto importado habría contribuido al retroceso de la producción local.
El productor lleva vinculado al sector desde 1974 y considera que su larga trayectoria le permite leer los ciclos del mercado. Su argumento central es que el debate no puede reducirse al precio de la libra que paga el consumidor: también debe poner sobre la mesa el impacto económico y social que tendría el desmantelamiento de la producción arrocera nacional, un sector que emplea a miles de familias en el Cibao y otras regiones agrícolas del país.
Qué sigue para el sector
La discusión sobre la apertura arancelaria al arroz estadounidense sigue abierta. Lo que Despradel plantea es que la defensa de la producción nacional no puede depender solo de barreras comerciales: tiene que anclar en la preferencia cultural del dominicano por un arroz que se cocine suelto, en la identidad del producto criollo y en la conciencia de lo que está en juego más allá del precio en la góndola del supermercado.



