Vecinos del Club Los Prados llevan años sin dormir por contaminación acústica
Residentes que colindan pared con pared con la piscina del club denuncian música hasta las 2 de la madrugada los fines de semana y acuerdos incumplidos con los directivos.

La contaminación acústica del Club Los Prados tiene a sus vecinos al límite. Residentes de propiedades ubicadas detrás de ese centro recreativo privado en Santo Domingo denuncian que las actividades en el área de la piscina —que colinda directamente, pared con pared, con viviendas residenciales— les han arrebatado el descanso durante años.
La situación ha llegado a un punto crítico: varios afectados aseguran verse obligados a abandonar sus propias casas durante los episodios de mayor intensidad sonora, incapaces de resistir las vibraciones que se perciben incluso en las zonas interiores de las viviendas.
Mediciones, reuniones y promesas que no se cumplieron
Los residentes no se han quedado de brazos cruzados. Según una de las vecinas denunciantes, han usado tanto aplicaciones móviles como equipos físicos de medición para documentar los niveles de ruido, y han enviado las capturas a representantes del club exigiendo que bajen el volumen.
El año pasado lograron una reunión formal con directivos del club en la que, según los residentes, se acordó reducir el volumen de la música durante las actividades. El compromiso, sin embargo, no se cumplió.
«Los residentes detrás del Club Los Prados tenemos años lidiando con el nivel de volumen de la música de ellos, porque la piscina del club queda justamente pared con pared», declaró la denunciante, según recoge Diario Financiero.
Balcones inutilizables y noches hasta las 2 de la madrugada
El impacto en la vida cotidiana de las familias es concreto y diario: puertas y ventanas permanecen cerradas durante las actividades y los balcones —espacios propios de las viviendas— han quedado en la práctica fuera de uso.
«Ahora mismo te estoy mandando un mensaje con las puertas cerradas, la ventana cerrada, todo cerrado. No podemos usar nuestros balcones. Los vecinos no podemos abrir ventanas porque los niveles de volumen son insostenibles», relató la residente.
El problema se agudiza los fines de semana, cuando las actividades se extienden más allá de los horarios informados. «Los fines de semana tenemos [niveles de ruido] extremadamente altos, a veces hasta la una o dos de la mañana», señaló la denunciante, quien agregó que en varias ocasiones las vibraciones se sienten en el interior de las casas.
El 9-1-1 no ha resuelto el problema
Los afectados también han contactado al Sistema Nacional de Atención a Emergencias y Seguridad 9-1-1 en repetidas ocasiones. El resultado: ninguna solución de fondo.
El caso pone en evidencia un conflicto sin resolver entre el funcionamiento de un club recreativo privado y el derecho al descanso de los propietarios y arrendatarios que lo rodean. Y refleja una realidad más amplia: la regulación y fiscalización del ruido urbano en el Gran Santo Domingo sigue siendo una deuda pendiente de las autoridades municipales.
¿Qué sigue para los residentes?
El próximo movimiento de los vecinos definirá si este caso escala o queda atrapado en el limbo de los acuerdos informales. Las opciones sobre la mesa incluyen una acción legal formal, una queja ante el Ayuntamiento del Distrito Nacional o una intervención del Ministerio de Medio Ambiente. Por ahora, los afectados siguen durmiendo —o intentando dormir— con puertas y ventanas cerradas.



