PRM: 16 años criticando y ahora demuestra que no tenía vocación de poder
Dieciséis años en la oposición no bastaron para que el partido gobernante entendiera lo que significa administrar el Estado. Y las renuncias lo confirman.

Dieciséis años. Ese fue el tiempo que el Partido Revolucionario Moderno (PRM) pasó fuera del poder antes de llegar al Palacio Nacional. Tiempo de sobra para prepararse, para estudiar el aparato estatal, para llegar con un plan. La tesis de esta columna es incómoda pero necesaria: el PRM ha demostrado que no tenía vocación de poder, sino apetito de poder. Y no son lo mismo.
Dieciséis años que no alcanzaron
Un partido serio usa la oposición para formarse. Se prepara para el día en que le toque gobernar. El PRM tuvo casi dos décadas para hacerlo y eligió otra ruta: criticarlo todo. Lo bueno y lo malo. Todo era objeto de ataque, sin distinción, como si la oposición fuera un fin en sí mismo y no un ensayo para gobernar.
El problema con esa estrategia es sencillo. Cuando pasas 16 años diciendo que todo se hace mal, llegas al poder sin haber pensado nunca cómo se hace bien.
El gobierno de las renuncias
La evidencia más clara está en la puerta giratoria del Estado. El presidente Luis Abinader se ha convertido, con toda probabilidad, en el mandatario al que más funcionarios le han renunciado. Y ese dato no es un accidente: es un síntoma.
¿Por qué renuncian tantos? Porque buena parte de los funcionarios que llegaron al Gobierno son empresarios que creyeron que administrar el Estado era igual que administrar una empresa privada. Llegaron con mentalidad de balance y cuenta de resultados, y se toparon con algo distinto.
Gobernar no es dirigir una empresa
Aquí está el corazón del asunto. Administrar el Estado requiere temple. Requiere comprender que todo lo que hagas te lo van a criticar —justa o injustamente— y que aun así debes seguir. Requiere entender que tus decisiones deben orientarse al bienestar colectivo y no al interés individual.
En una empresa mandas tú. En el Estado le respondes a millones. Quien no entiende esa diferencia dura poco, y por eso hemos visto tantas salidas: no aguantaron la presión porque nunca la esperaron.
El contrapunto
Alguien dirá, con razón, que renunciar no siempre es fracasar, y que una alta rotación puede ser señal de que el Gobierno depura y exige. Es un argumento válido. Pero cuando las salidas se vuelven la norma y no la excepción, dejan de ser depuración y pasan a ser desgaste. Un gobierno que constantemente pierde piezas clave no proyecta firmeza: proyecta improvisación.
Gobernar bien no se demuestra con discursos ni con la crítica fácil de la oposición. Se demuestra con la capacidad de sostener un equipo, de aguantar el fuego y de decidir pensando en el país. Dieciséis años no bastaron para aprenderlo. La pregunta que queda flotando es más dura todavía: ¿lo aprenderán antes de que se les acabe el tiempo?