Pepillo Salcedo, presidente restaurador, fue fusilado por sus aliados en 1864
José Antonio Salcedo llegó al poder en los días más gloriosos de la Restauración y fue ejecutado meses después en la playa de Maimón, Puerto Plata, por una conspiración que él mismo desató con un error político fatal.

El primer presidente restaurador Pepillo Salcedo, cuyo nombre completo era José Antonio Salcedo, no cayó ante el Ejército español que combatió durante años: lo derrocaron y fusilaron sus propios compañeros de armas el 5 de noviembre de 1864, en la playa de Maimón, Puerto Plata. Su historia es una de las más dolorosas y menos contadas de la independencia dominicana.
Salcedo nació en Madrid, España, en 1816, y desde joven demostró un carisma y una valentía que lo hicieron destacar. Participó en los combates de la independencia de 1844 bajo las órdenes del general José Desiderio Valverde, estuvo en la batalla de Sabana Larga y alcanzó el grado de coronel por su arrojo en el campo de batalla.
Del Grito de Capotillo a la presidencia
Cuando en agosto de 1863 sonó el Grito de Capotillo para enfrentar la anexión a España de 1861, Pepillo Salcedo se incorporó de inmediato al Ejército Restaurador. Jugó un papel clave en el famoso cerco a la ciudad de Santiago de los Caballeros, operación que dirigió el general Gaspar Polanco y en la que fue derrotado el general español Manuel Buceta. Ese liderazgo en combate lo llevó a ser elegido, el 14 de septiembre de 1863, como presidente del Gobierno Restaurador.
Sin embargo, la realidad de gobernar en medio de una guerra resultó más complicada de lo que sus hazañas militares hacían prever. En un momento crítico, Salcedo impulsó gestiones para firmar un pacto de paz con el Ejército español. Sus comisionados exigieron la retirada de las tropas del territorio nacional, pero el mando militar español respondió que no tenía autorización para tomar esa decisión. Las negociaciones terminaron sin resultados.
El error que le costó la vida
El fracaso de las negociaciones aceleró una conspiración que ya se cocinaba en su contra. Figuras prominentes del propio Gobierno Restaurador, como Ulises Francisco Espaillat y Benigno Filomeno de Rojas, se sumaron al movimiento contra Salcedo. Ante la presión, el presidente dijo que estaba dispuesto a renunciar, pero cometió el error que, según muchos historiadores, firmó su sentencia de muerte: sugirió que su sustituto fuera Buenaventura Báez, el caudillo derrocado que buscaba anexar el país a Estados Unidos y que era visto con profunda desconfianza por los jefes militares restauradores.
El 10 de octubre de 1864, Salcedo fue derrocado y hecho prisionero por un movimiento encabezado por el propio Gaspar Polanco y respaldado por la mayoría de los mandos militares. El deseo inmediato fue fusilarlo acusándolo de traidor.
Luperón intentó salvarlo, pero no pudo
Quien se opuso al fusilamiento fue el general Gregorio Luperón, una de las figuras más grandes de la Restauración, a pesar de que él mismo había tenido serias diferencias con el derrocado presidente. Luperón hizo esfuerzos personales para que Haití aceptara a Salcedo como exiliado político, lo escoltó y lo llevó hasta Juana Méndez. Pero las autoridades haitianas se negaron a recibirlo: sospechaban de sus simpatías por Báez, quien ostentaba el título de Mariscal de Campo de los ejércitos españoles, y lo consideraban un enemigo de la Restauración y de la soberanía haitiana.
Ante esa negativa, Luperón regresó a Santiago y lo entregó al gobierno de Polanco, pidiendo que le respetaran la vida. No fue suficiente. Pepillo Salcedo fue engañado: le dijeron que lo trasladaban a Guayubín para esperar una embarcación que lo llevaría a Puerto Blanco (hoy Luperón) y de allí a Inglaterra.
El fusilamiento en la playa de Maimón
En el paraje de Maimón, Puerto Plata, lo esperaba el coronel Agustín Peña Masagó, quien llevaba la encomienda secreta del presidente Gaspar Polanco de ejecutarlo. Cuando el jefe de la escolta le comunicó que existía una orden escrita para fusilarlo en ese lugar, el presidente restaurador Pepillo Salcedo no se inmutó. No se quejó ni protestó. Murió con la misma valentía con que había vivido.
La tarde del 5 de noviembre de 1864, en esa playa, fue fusilado el hombre que había liderado uno de los momentos más gloriosos de la historia dominicana. Su caso sigue siendo una advertencia viva sobre el precio que pueden cobrar las divisiones entre líderes cuando no se canalizan a tiempo: el presidente restaurador Pepillo Salcedo no lo pagó frente al enemigo, sino frente a sus propios aliados.



