Lula gana la presidencia de Brasil por cuarta vez
El líder del PT derrotó en segunda vuelta al senador Flávio Bolsonaro y se convierte en el primer presidente de la historia brasileña elegido cuatro veces, tras sobrevivir una condena y 580 días preso.

Luiz Inácio Lula da Silva escribió el domingo el capítulo más improbable de su ya improbable carrera: ganó por cuarta vez la presidencia de Brasil con el 51.75% de los votos frente al 48.25% que obtuvo el senador Flávio Bolsonaro en la segunda vuelta. Nadie en la historia del país había llegado al cargo en cuatro ocasiones distintas. Que lo haga un hombre que pasó 580 días en prisión lo convierte en uno de los regresos políticos más extraordinarios que ha producido América Latina.
El resultado no fue holgado. Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, había cerrado la primera vuelta por delante de Lula, lo que hacía del balotaje una prueba de fuego para el mandatario en ejercicio. La capacidad del PT para movilizar a sus bases entre ronda y ronda fue uno de los factores determinantes del giro en el marcador.
De las huelgas metalúrgicas a cuatro mandatos presidenciales
La trayectoria de Lula no sigue ningún manual político convencional. Nacido en Pernambuco, en el nordeste empobrecido de Brasil, creció en una familia sin recursos y se incorporó al mundo laboral desde joven. Su escuela fue el sindicalismo: durante la industrialización de São Paulo, encabezó paros y protestas de trabajadores que, a finales de los años 70, exigían salarios dignos y libertad frente a la dictadura militar que gobernaba el país.
Esa militancia lo llevó a cofundar, en 1980, el Partido de los Trabajadores, una organización que aglutinó a sindicalistas, intelectuales, movimientos sociales y comunidades populares bajo un mismo techo político. Antes de ganar, Lula perdió varias veces en las urnas; esas derrotas, en lugar de borrarlo del mapa, solidificaron su imagen como la voz de quienes históricamente habían quedado fuera del poder. Sus críticos, en cambio, cuestionaban la gestión económica que proponía y el crecimiento del aparato del PT como estructura de poder.
Bolsa Família, el Mensalão y la sombra de Lava Jato
Entre 2003 y 2010, Lula gobernó un Brasil que crecía con el viento de cola de la demanda global de materias primas. Su administración expandió el Bolsa Família y otras políticas de inclusión que redujeron la pobreza y le ganaron respaldo masivo entre los sectores de menores ingresos. Paralelamente, Brasil ganó peso en foros internacionales y estrechó vínculos con economías del llamado Sur Global.
Pero el primer ciclo también cargó con el escándalo del Mensalão (2005): un esquema de pagos irregulares a legisladores para garantizar respaldo al Ejecutivo en el Congreso. El caso erosionó la imagen del PT y dejó al descubierto una contradicción que perseguiría al partido: un discurso de transformación social y una maquinaria política enredada en prácticas de corrupción.
La investigación Lava Jato fue el golpe más duro. Enfocada en una red de sobornos alrededor de contratos con Petrobras, la pesquisa alcanzó a empresarios, políticos de múltiples partidos y, finalmente, al propio Lula, condenado por corrupción pasiva y lavado de dinero en relación con un apartamento en Guarujá. Ingresó a prisión en abril de 2018 y estuvo detenido 580 días. Esa situación judicial lo dejó fuera de las elecciones de ese año, que ganó Jair Bolsonaro.
El giro llegó en marzo de 2021, cuando el magistrado del Supremo Tribunal Federal Edson Fachin anuló las condenas al determinar que el tribunal federal de Curitiba no era competente para juzgar esos casos. El pleno de la Corte Suprema ratificó la decisión. Más adelante, el mismo tribunal declaró que el entonces juez Sérgio Moro había actuado con parcialidad en el caso del apartamento conocido como el tríplex. La anulación no equivale a una exoneración plena de los cargos, pero restituyó los derechos políticos de Lula y despejó el camino para su regreso electoral.
El asalto a Brasilia y un tercer mandato en tensión constante
En 2022, Lula regresó a la papeleta y derrotó a Jair Bolsonaro por un margen ajustado. El nuevo gobierno tomó posesión en enero de 2023, y apenas una semana después un grupo de seguidores radicalizados del expresidente irrumpió en las sedes del Congreso, el Palacio de Planalto y el Supremo Tribunal Federal, en un episodio que sacudió a las instituciones brasileñas y que evocó el asalto al Capitolio de enero de 2021 en Estados Unidos.
El tercer mandato de Lula transcurrió en un clima de disputa permanente. Su administración defendió la ampliación de programas sociales y la agenda ambiental; la oposición atacó el gasto público, la gestión económica y los índices de seguridad ciudadana. La popularidad histórica del presidente no logró traducirse en un consenso amplio, y esa polarización llegó intacta a los comicios de 2026.
Brasil entre Washington y Pekín: la agenda que viene
La victoria del líder del PT tiene consecuencias que van más allá de São Paulo o Brasilia. Brasil es la mayor economía de América Latina, y su posición en el tablero regional frena, al menos por ahora, el ciclo de avance conservador que ha reconfigurado varios países del continente en los últimos años.
En política exterior, Lula ha apostado sistemáticamente por el multilateralismo y por mantener márgenes de maniobra frente a las grandes potencias. Esa postura choca con el clima que genera la administración de Donald Trump: durante la campaña de 2026, los aranceles de Washington y su acercamiento a la oposición conservadora brasileña empujaron el debate hacia la soberanía nacional. Lula defendió el diálogo, pero rechazó lo que calificó como injerencia extranjera.
El equilibrio entre Estados Unidos y China, los dos principales socios comerciales de Brasil, será el problema económico central del cuarto gobierno. Cualquier movimiento hacia uno de los dos lados tiene consecuencias directas en exportaciones, precios y crecimiento.
Qué sigue para el PT y sus 51.75%
Un margen de 51.75% contra 48.25% es suficiente para gobernar, pero insuficiente para ignorar a casi la mitad del electorado. La elección de 2026 confirma que Brasil sigue partido en dos con una profundidad ideológica que abarca economía, religión, seguridad y la propia noción de democracia.
La victoria también deja sobre la mesa una pregunta estructural para la izquierda brasileña: el PT lleva décadas dependiendo del liderazgo personal de Lula. Esa dependencia puede pesar cuando el dirigente, a quien ya nadie llama joven, deje el cargo. Por ahora, el hombre que sobrevivió escándalos, una condena judicial y casi dos años de cárcel se prepara para un cuarto mandato, mientras la oposición de Flávio Bolsonaro ya ha anticipado que pedirá la anulación del resultado.



